Integración o convivencia ?

Cuando hablamos de la necesidad que todas las personas en situación de desigualdad estén integradas en la sociedad, me asaltan las dudas de cómo se hará para conseguir eso y, sobre todo, cual es el papel que puedo desempeñar yo en esta meta en la que todos parecemos sumidos, al menos de voluntad. ¿Qué puedo hacer yo concretamente para que una persona que vive en la calle se integre en la sociedad?

¡Qué pregunta tan difícil cuando me interpela a mi tan directamente! Tendré que dar algo de mi? Acaso dinero? Porque en mi sensibilidad me apercibo que no todo el mundo vive como yo, que hay personas que sufren determinadas carencias que piden ser solucionadas con urgencia (el comer, el dormir, la higiene, la salud,…).
Ahora bien, también me doy cuenta que es sólo a partir de la relación, cuando ya he empezado a hablar con esa persona y empiezo a conocer sus miedos y sus deseos, cuando descubro que, más allá de este entramado de carencias y necesidades aparece la soledad y el aislamiento como base de la desestructuración personal y social. Con el tiempo, dentro de la relación llegaré a descubrir que, aunque la necesidad de dar cobertura a esas carencias pueda ser urgente, la atención a ese aislamiento es lo verdaderamente importante.

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Lágrimas de honor para Juan

Hoy es un día triste, muy triste. Juan nos ha dejado para siempre, habiendo depositado una gran ternura en nuestros corazones. Sonrío al recordarle, porqué ha sido un placer haberle conocido.

Juan era un hombre especial, un hombre de mundo lleno de cicatrices. Recuerdo su mirada, donde a veces podías perderte encontrando en el fondo una gran tristeza. El brillo de sus ojos derrochaba sensibilidad y su rostro transmitía fragilidad. Su salud era delicada y ya tenía 71 años. Abuelito le llamábamos algunos con dulzura y a él en el fondo creo que le gustaba.

Me acuerdo del último día que le vi, del último rato que compartí con él. Tenía la cara magullada y el brazo vendado debido a una caída. Estaba sentado en la salita de la farmaciola, esperando su medicación. Su aspecto daba pena. Me acerqué a saludarle y le di dos besos, hacía tiempo que no le veía. Le acaricié el pelo, para mimarlo, para darle amor, porqué me salió del corazón. Lo tenía un poco largo y le recordé como me gustaba así. Me regaló un piropo al decirme que se lo dejaba largo porqué sabía que a mí me gustaba. Era todo un don Juan, cuando quería sabía quedar bien.

Es mi último recuerdo con él. Y es un recuerdo precioso. Nos reímos y le di cariño como si de mi abuelo se tratara. Porqué le quería mucho. Porqué él se hizo querer.

Lágrimas de honor han caído por mis mejillas hoy, al enterarme de la noticia.

Mis más sentidas lágrimas para mi Juan que jamás olvidaré.

 

Anna Skoumal

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Dilema ètic en l’atenció social

Entre respecte per la llibertat personal i salvaguardar la salut

Un dels dilemes ètics que ens aborda als professionals i voluntaris que ens relacionem amb les persones que viuen al carrer és el del dubte entre el valor primordial de la salut i la vida de la persona i la seva llibertat personal de no voler canviar la seva situació.

Algunes persones ja han fet del carrer la seva llar i porten masses anys al carrer com per que un canvi en la manera com viuen sigui viscut per a ells com una millora de llur situació. Els pesen massa les mancances presents i les frustracions del passat com per a aventurar-se a qualsevol canvi que pogués suposar una redefinició del seu estatus i rol en la societat. Estan fets al carrer i per al carrer.

Per part nostra, l’actitud d’acompanyament té en compte, precisament, la comprensió del seu present a causa del seu passat. Podem comprendre la desídia, la desmotivació, la manca d’esperança,… Ho podem comprendre i ho respectem.

El dubte apareix quan ens adonem de símptomes en el comportament de la persona que ens fan sospitar que no està decidint lliurement, sinó que la seva decisió és fruit d’alguna possible demència o malaltia mental que l’impedeix actuar amb sentit

comú. El dilema se’ns planteja entre les opcions de respectar la seva situació i la seva lliure decisió, o bé forçar alguna intervenció, normalment amb un ingrés hospitalari per a valorar diagnòstic. L’experiència ens demostra que, en alguns casos en què s’ha actuat en contra de la voluntat de la persona (o afavorint el seu estat de salut), aquesta ha aconseguit una millora de la situació i un replantejament en les seves intencions de canvi.

El dilema és més complicat quan la persona corre un risc vital a causa de l’empitjorament progressiu de la seva salut. És en aquests moments quan ens debatem entre continuar respectant la lliure decisió de la persona de no voler canviar llur situació o la necessitat urgent d’apartar la persona del medi que li és hostil sense que ella hi pugui posar remei.

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La atención social para los animales

Hace unos días Isabel me hablaba de un artículo aparecido en un periódico barcelonés cuyo texto especifica las malas condiciones y el bajo presupuesto con el que se encuentra la perrera de Barcelona. En el artículo se habla de la atención que se presta a los animales, de sus necesidades insuficientemente atendidas, de la compañía mediante voluntarios… del agravio comparativo respecto a la perrera de Madrid, puesto que en ella los animales disfrutan de calefacción y aire condicionado.
En Barcelona, en cambio, solo se destinan 14€ al día de media para los cuidados y manutención de cada animal atendido…
Todo ello con cierto aire de crítica por la falta de inversiones y por la necesidad de mejorar este servicio.

El País. 30/3/2009. Edición Catalunya

No se… Moralmente creo que no hay lugar a dudas de que los animales merecen el respeto, las atenciones y los cuidados que por derecho tienen, como seres vivos que son.
Ahora bien, quizás no habría que mezclar unas cosas con otras o quizás una cosa no quita la otra…
El caso es que en el ejercicio inmoral de comparar estos cuidados hacia los animales con la situación por la cual han de pasar muchas personas que viven en las calle, hay algo que nos sorprende, que no nos cuadra, cuanto menos que nos indigna y nos enfurece por la tremenda injusticia en la que vivimos y en la que todos estamos implicados.
no os parece?

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A veces la calle da respeto

En algunos escritos de este Blog he explicado e intentado transmitir que hacer calle no és complicado, que no deja de ser el estar pendiente y relacionarse con las personas que estan en esta situación.
Es cierto que hay que estar, que la primera finalidad es la de acompañar y hacer posible que la persona sienta que está acompañada.
Todo y con eso, hay determinados días o momentos en que vives situaciones rocambolescas. Momentos de angustia, de impotencia, de querer desaparecer…

El siguiente relato ocurrió una tarde de octubre de hace dos años.
Os lo cuento a continuación:

Hace ya días que Ana María, Marisol y yo vamos hablando de la existencia de este grupo de personas en la Plaça del Museu. Los tres hemos ido alguna vez, de forma que ya hemos iniciado la relación, aunque ésta aún se encuentra en una fase inicial.
La verdad es que ir hace un poco de cosa… Mientras te acercas, sientes que ya te han visto y que se ponen a hablar entre ellos, sin perdernos de vista.
Si. Hace un poco de respeto…

Ese lunes íbamos Marisol y yo. En esa ocasión decidimos entrar por detrás, con el fin de que no nos vieran llegar y así no dar pie, antes de hora, a pensamientos “malintencionados” sobre nuestra visita.
Al llegar vemos a varias personas conocidas, sentadas en el suelo, en dos grupos separados. No sabriamos distinguir, a simple vista, cual de ellas está más bebida y colocada que las otras.
Por una parte, Luis se apodera de Marisol y de su presencia y, separándose un poco del resto del grupo, inician una conversación.
A mi me asalta Omar: Lo conocemos desde que estaba en la Plaça Groga. No sabiamos si vivia en la calle o no. Lo que si que suponiamos es que se ganaba la vida haciendo vés a saber qué “trapicheos”. Solo con verme me salta con la pretensión que le paguemos un viaje de vuelta a Marruecos. Cuando le digo, casi en tono de broma, que este tipo de ayudas nosotros no lo dispensamos, se saca del bolsillo un papel arrugado que resulta ser una citación judicial en la que figura como acusado por un delito contra la salud pública. Me suena a tráfico de drogas, pero me remito a decirle que los miercoles por la tarde acude a nuestro centro una abogada, con la cual és se puede poner en contacto para recibir orientación y resolver su situación. Un asunto complicado, por lo que supongo.

Comentado esto con Omar, empiezo a hablar con Elviro. Hacía tiempo que lo buscábamos. Había estado en una pensión i abandonó el recurso para retornar a la vida de calle… Me presento y le recuerdo el tiempo que estuvo con nosotros, en Arrels.

De pronto, Omar se levanta del suelo y le planta un puñetazo a un tio que se estaba acercando, de forma que éste cae al suelo, haciendo un ruido fuerte y seco cuando la cabeza pica contra el pavimento. Lo único que Omar dice como excusa es que esto le pasa por meterse demasiado con las mujeres.
Miguel y Paqui, que están ahí y lo ven todo, hacen cara de consentir con Omar y acusar el que ahora está tumbado en el suelo, sin moverse. No sé si por consentimiento con lo que ha explicado Omar sobre este hombre o quizás por miedo a la violencia a la cual Omar acaba de demostrar que es capaz de llegar.
De lo que si que me doy cuenta es de que Miguel no sabe hacia donde mirar y, mucho menos, al hombre tumbado en el suelo delante de él y que no se mueve.
Y yo, que tengo delante a Elviro, borracho, llorando i con la cara llena de mocos…
Desde la terraza de la plaza, unas cuantas parejas que hacen el vermut miran fijamente la escena: El hombre aun tirado en el suelo, inmóvil. Están solo a quinze metros de los hechos, pero eso supone ya una distancia insalvable como para acercarse…
He de hacer algo!…

Me acerco y veo el rostro del hombre. Balbuceando, pero inmóvil e inconsciente. Marisol continua ahí, escuchando a Luis. Ella no se ha dado del todo cuenta de lo que ha pasado. Elviro aun está ahí, esperándome. Los de la terraza del bar mirando. Algunos miembros del grupo diciéndome que llame a una ambulancia, si quiero, pero que ellos no piensan hacer nada.
Llamo a una ambulancia. Elviro aun lo tengo al lado, mirándome. Con el móbil en la mano veo que llega un policia municipal, avisado por uno de los mmiembros del grupo. Él se encargará de volver a llamar para pedir la ambulancia con más urgencia. La aparición del Guardia Urbano ha provocado, como por arte de magia, que todo el grupo de personas, antes sentadas en el suelo, se dispersen. Imagino que debe ser para no tener que dar explicaciones de nada.
Siento que, detrás mio, algun mienbro del grupo, al que yo desconozco, me mira inquisitivamente como preguntando por el que hago yo ahí y a quien estoy llamando. Creo que incluso ha hecho algun comentario… A muchos no los conozco de nada, pero aun así he sido yo quien ha llamado a la ambulancia para aquel hombre al que nadie ayuda. Yo tampoco lo conozco…
Ahí quedamos Marisol y Luis, con el cual aun habla; el urbano y el hombre inconsciente, tirado en el suelo y sacudido de tanto en cuando por el urbano; y Elviro y yo.
El hombre que está tirado en el suelo no se mueve… Allá no se mueve nadie!
… Sin saber que hacer en esa situación kafkiana, absurda,… idiota…

Miro a Elviro y decido huir yo también. Elviro tiene los ojos tristes, llorosos. Llamo a Arrels con la intención que él mismo hable con alguien y se sienta invitado a volver… Como menoscabando la situación in situ i yendo de cara a otra cosa.
El hombre inconsciente resulta que se rehace, se medio incorpora y ahora si que se ve perfectamente que solo era que iba muy, pero que muy bebido. El Guardia Urbano le hace preguntas, mientras que él parece que solo desea recuperar el cartón de vino que tiene al lado, pero que su mano no acierta a coger.
Con esto que un del grupo, Alfonso, también bastante bebido, se acerca hacia el urbano y el hombre, ahora de rodillas, y le escupe encima. Me doy cuenta que el hombre, antes inconsciente y ahora de rodillas, no se ha enterado, ni del salivazo ni de los gritos e insultos que Alfonso le espeta, con el guardia urbano por el medio. El urbano intenta como para poner un poco de paz entre el hombre de rodillas y Alfonso.

De repente se me cruza por la cabeza que ese hombre podía haber muerto, pero que está vivo y en esos momentos soportando los sipiajos de otro que va casi peor que él. No puedo pensar demasiado, Elviro aun me mira…
El guardia urbano se va. El hombre de rodillas que se arrastra hacia la pared, tintineando.
Elviro tambien se va.
Marisol y Luis me incorporan a su conversación… Nos despedimos también de Luis.
Marisol me dice de ir a saludar a otra gente del grupo, reunido de nuevo, a la que no habiamos saludado.
No sé por qué, pero no puedo. O quizás no tengo ganas…
No lo sé…

Marisol, marchémonos de aquí!!

Miquel Julià
Octubre ’06

P.D: Actualmente, la mayoría de las personas que en esos momentos formaban parte del grupo al cual alude el escrito estan vinculadas a nuestro centro y siguiendo un proceso de mejora de su situación.

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