Palomitas de colores

Sin nada que hacer, o queriendo hacer algo, para nada… ¿Qué debe pensar? ¿qué debe sentir?… ¿Cual es ese su pensamiento estando ahora aquí y habiendo estado en algun sitio, antes, seguro que mejor que este.

Yendo de aquí para allà, no sabemos nosotros, bien bien, donde. Discurriendo los mismos días iguales, uno tras otro, pintados con la misma sensación de dejadez. Dias de tedio. Vida que se convierte en algo alargado y tedioso…

Poniéndonos en su lugar, como hizo Paco en el siguiente relato sobre un día cualquiera de su amigo, también de nombre Paco. No era un día cualquiera para Paco, el protagonista del relato, el que inventó en su día las palomitas de colores. No era un día cualquiera porque fué, precisamente ese día, el último de su vida. O quizás si: un día más cualquiera.

 

Palomitas de colores

El sol de una mañana de invierno se le filtraba a través de lagañas congeladas por el tiempo. Entre los velos de sus pestañas se dibujaba la silueta conocida de aquella señora extraña que cada mañana le daba una moneda. Dio media vuelta y recordó cuando cada mañana se levantaba en el monte junto a Kiko, y pensó que qué pena que él se hubiera ido a Alemania, a buscarse la vida, que se tenía que haber quedado, con él, buscarse la vida juntos en Barcelona, que tampoco le había ido tan mal. Y se levantaba lentamente, y buscaba en los cinco metros que alcanzaba a vislumbrar, algo que le dijera donde estaba, pero pensaba que ¡me da lo mismo donde sea que estoy!. Pero ¿dónde hay el bar? Tengo sed y hubo un día en que me levantaba con hambre, y cada día iba a trabajar y no estaba tan mal; soy un pobre pulidor; el mejor. Mi madre, ¡ay, la pobre! que pensaba que sería un sinvergüenza, como me podría imaginar después, trabajando en una fábrica en la ciudad. De pequeño recordaba que le llamaba a gritos desde la puerta de la casa para darle la merienda, el poco pan que había, rociado en vino y azúcar, y tardaba en ir para que lo dejara en la puerta y no tener que escuchar si había algún recado que hacer, pero ella se daba cuenta y le decía “Paco eres un gandul, nunca llegarás a ser nada”. ¡Mira que guapo está mi Paco de militar! decía años más tarde llena de orgullo. Aquello de enfrente parece un bar, póngame una copa de coñac por favor señor que me hace falta y perdone pero no se lo podré pagar, pero le aseguro que en cuanto tenga algo vengo y le pago, no, no, toma y no vuelvas ni siquiera a pagarme. Bueno ahora parece que veo más claro, mira que pedazo de mujer por allí, ahora se visten de una manera que parecen todas putas. A este lo conozco, dame un trago ¿Qué tal? Aquí viendo la gente. Es una mujer, o al menos eso parece. Y recuerda que alguna vez tuvo una mujer, o quizá fue un sueño. No, sí que la tuve. Y ella vive aún, pero me dejó por que decía que bebía mucho, pero era porque se entendía con el cabrón aquel del bar de debajo de la casa. Era bonito cuando salíamos, de novios, íbamos agarrados de la mano, y yo me sentía el más fuerte y aún no teníamos nada, estábamos empezando y me dijo que estaba embarazada, tenía miedo, miedo de que yo me enfadara y le compré una rosa, y luego nos casamos. A veces también íbamos a los bailes que habían antes en verano, me gustaba cuando sentía sus labios en la cara dándome besos de cariño como ella los llamaba, me gustaba estar bien afeitado porque sino no me los daba y a mi se me erizaba la piel al sentirlos. Ahora nunca me afeito, y no me acuerdo de cuando me duché. Camina por las Ramblas como entre penumbras, recoge un diario deportivo que alguien deja en una papelera, mira los resultados y pregunta alrededor suyo a toda esa gente ¿Pero el Málaga no está en primera? Este diario debe ser viejo. No debe estar malo el bocadillo, al fin y al cabo, el que tiene tira las cosas sin ningún miramiento, el queso está florecido pero puedo apartarlo y comerme el resto. ¡Compadre! mira por donde caminas, la gente no se fija en nada, van como locos, el mundo se ha vuelto loco, todos tienen prisa, y todo está lleno de moros y negros ¡Ay, madre! Que esto ya no parece Barcelona. Tengo que encontrar un trabajo, tengo que empezar otra vez, pero será fácil, soy un buen pulidor, y las cosas no han cambiado tanto en el oficio, iré a ver al Señor Miquel y “li demanaré feina”; pero no puedo ir así, tengo que afeitarme y lavarme, me iré a duchar al ayuntamiento, que me conocen y no me piden el Carnet. Decidido, me tomo una copa y voy a arreglarme, y también tengo que hacerme la documentación para que no me fastidien más los policías; mira que ya me conocen. Entraré en este bar y a ver si alguien me invita a una copa. Aquí no debe ser muy caro porque está muy sucio; yo también estoy muy sucio. Aquí, donde las duchas, hay una señorita que siempre que me ve quiere ayudarme, es como una monja pero más moderno. Creo que la última vez que dije que iba a verla y creo que no fui. Estos zapatos me destrozan los pies, y se sienta a descansar en un banco gris de piedra fría, y parece desaparecer de pronto en una calle gris de un día frío, y nadie se da cuenta de que está y quien lo ve no mira, y quien lo mira le tiene lástima y siente asco. Mira los pájaros que hay en la morera; que siempre me han gustado los pájaros; soy capaz de escucharlos aunque haya mucho ruido, los demás sonidos se quedan por debajo, de fondo y es como si mis orejas se pusieran allí arriba  a su altura y escuchara su bonito canto, pero a la sombra tengo frío, me pondré un poco al sol. Y ahora se me acerca una muchacha de pechos grandes que lleva un traje con una falda muy corta y se sienta a mi lado a leer, y le pongo una mano en la pierna, y me mira y sonríe, y deslizo suavemente mis dedos entre sus piernas, y ella me toca a mi entre mis piernas, y nota que la tengo muy dura, y se sienta encima mío y le aparto las braguitas sin quitárselas, y le toco los pechos metiendo las manos por debajo de la camisa y me comienza a botar encima, y pone cara de placer, se siente bien, y ahora ¿Qué pasa? Hay una chica delante de mi y me está diciendo algo. Me da igual ya estaba a punto de acabar. Se limpia en el abrigo y continua perdido entre la multitud de una calle estrecha, gris y poco transitada, y una anciana, que desde el balcón lo vio todo, le insulta y le dice guarro. Continua su camino, con dudas a cada esquina, sin saber a donde iba, no consigo recordar para que venía hacia aquí, pero tampoco tengo nada que hacer así que seguiré caminando. Recuerdo cuando me vine de Málaga por primera vez a la ciudad, caminando hasta Valencia, y allí en el techo del tren hasta Barcelona, y no sé porqué elegimos esta ciudad. Yo venía solo, y por el camino me uní a un grupito que venían de Antequera, y estuvimos caminando juntos durante treinta y tres días. Solo recuerdo el nombre de uno, Alfonso, un tipo que bebía y comía como un oso. Este encontró trabajo nada más llegar en el matadero de la Plaza España, y contaban que mataba los bichos a puñetazos. Esta es la calle de las duchas, ahora recuerdo que venía a ducharme. Antes de entrar, se coloca bien el cuello ennegrecido de la camisa, se ata el cordil que le sujeta los pantalones, y se arregla la caída del cuello del abrigo, se encuentra la puerta cerrada y deja su dedo pegado al timbre hasta que un empleado abre la ventanilla de vidrio y le pregunta que ¿Qué quieres Paco? Vengo a ducharme, amigo, que mañana tengo que ir a mirar una faena y no puedo ir con esta pinta; pero ya se ha pasado la hora, Paco, vuelve mañana antes de la una y te doy número pero hoy ya no se puede; pero mañana no me dará tiempo de ir a mirar el trabajo si me ducho tan tarde, ¡Anda! déjame duchar ahora. Y discuten durante un rato y finalmente se va sin ducharse. Que ya no hay sentimientos, que la gente ya no siente caridad por nadie, como voy a salir de este bache si no me ayudan un poquito, que más le dará a éste dejarme duchar ahora, espero que no se vea nunca en una situación así, o mejor, que se tenga que ver y que vea lo mal que se pasa, que todo es muy fácil cuando tienes una casa donde dormir, y a la señora para que te haga la comida, y un trabajo, y entonces a pasar del resto del mundo; y luego yo hago el primo y cuando tenga cuarenta duros me los gasto con el primero que venga. Me quedaré en la puerta de la iglesia a ver si “mango” para un poco de vino; cuantos niños, recuerdo cuando nació mi Miguel, estaba precioso, era muy moreno con mucho pelo negro como el azabache, y era largo. El muchacho siempre creció fuerte y sano, en el colegio tenía buenas notas y a mi me quería mucho, y todavía me quiere, lo que ya está casado y no tiene tiempo de estar por mi, y a su mujer parece que no le caigo tan bien; un día la vi pasar por las Ramblas con mi nieto y cuando vio que me acercaba se dio media vuelta y se fue y eso no se hace, que soy su abuelo y todavía no me han dejado ni darle un besito, ¡Que aunque esté en la calle todavía soy un ser humano! Y me levanto por las mañanas y mi corazón llora por tener tan poca fuerza, por haber tenido tan poca fuerza durante toda mi vida, y llora por mi mujer, por la que quería y la quiero y no creo que nunca la deje de querer, y por mi hijo, mi Miguel, para el que me hubiera gustado ser el mejor padre, y para mi nieto, al que seguramente le contarán que su abuelo era un hombre muy bueno que murió antes de que naciera, hubiera querido ser el mejor abuelo, pero no soy nada, solo un pobre hombre al que todos miran con pena o con lástima cuando pasan pero nadie piensa que también tengo un corazón y que una vez también estuve al otro lado, y que realmente se está mejor allí, pero que es muy difícil dejar de estar aquí. Y mientras tribula ya ha juntado tres euros que las buenas almas que van a misa le han dado con la sana intención de ganarse un trozo en el cielo, y mientras el cielo de la ciudad enrojece en un temprano atardecer de invierno, un hombre con el rostro erosionado camina por entre la gente con un cartón de vino en la mano, cantando alguna copla famosa en su juventud y saludando a todos con su voz quebrada, unos pantalones que algún día fueron grises tienen el mismo color de las fachadas envejecidas de la ciudad antigua, y un abrigo que algún día fue marrón, guarda el olor a vino rancio y a orín enquistado. Y la noche cae pronto, y unos cartones sirven de lecho a un cuerpo desamparado que no pasará de esa noche, y mañana será la fosa común y quizá si algún periodista sensacionalista se entera, también tenga un recordatorio póstumo en una columna de algún diario donde se diga que ha muerto un indigente en la calle para que todos nos sintamos un poco culpables, pero nadie pensará que se trataba de una persona con nombre y apellidos que un día inventó las palomitas de colores.

 

Paco.

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Soy Miquel Julià. Dicen que soy educador, pero en realidad soy persona. Mi quehacer discurre entre otras personas, en la calle, en hospitales,... Personas que se han visto arrojadas a vivir una situación de sin hogar. Miembro de Arrels Fundació. Barcelona
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