Hace unos días, Enrique Richard agregaba un comentario a uno de los artículos del blog que a continuación repito aquí porque me parece de una temática más que interesante.
Decía así:
¿Sabes lo que más me indigna de todo esto? Que muchos de los que se dedican a la exclusión en los servicios sociales no se creen que el vivir dignamente sea un derecho como lo es la educación o la salud (ver, si no, la polémica del Bendito dedo). Y entonces, este derecho que, como tal, sería intocable, muchos servicios sociales lo utilizan como moneda de cambio. Como un regalo que yo, que tengo la sartén por el mango, lo utilizo para que tú te comportes como te has de comportar, porque, si no, te quito el regalo que te estoy haciendo. Y así los elementos que les dan y que les deberían servir para lograr su autonomía (sin prejuicios), se convierten para el excluido en la Espada de Damocles que en cualquier momento le puede devolver allí de donde salió. No se permite la equivocación o el uso incorrecto o el comportamiento altisonante.
Cualquier hijo de vecino tiene derecho a equivocarse y a ser bueno o a ser malo; pero, ¡claro!, el hijo del vecino se gana las habichuelas, el excluido, no. A los excluidos les damos las habichuelas como reclamo para que se integren; pero si no se integran tenemos todo el poder del mundo para quitárselas. ¿Eso es lo justo? ¿Es eso creer en el derecho a vivir dignamente si resulta que para ganar este derecho debe demostrar que se lo merece?
Yo no soy profesional, no sé cómo se ha de hacer, pero ¡nunca puede ser que nos erijamos en jueces de los derechos del otro! Si es así, nos equivocamos. Habrá que exigirle al profesional que busque otras alternativas y, ¿por qué no?, hacerle admitir que nadie es perfecto (ni tan siquiera nosotros), pero que los derechos no son moneda de cambio. Y el derecho a vivir dignamente -como el derecho a la vida-, mal que en ocasiones nos pese, lo tenemos tanto los buenos como los malos, el que es justo como el que no lo es, el que es honesto como el falso, el que es honrado como el que roba, el que utiliza bien sus recursos como el que los dilapida…
El hacer este derecho intocable seguro que hace más difícil la faena al profesional en su trabajo hacia la autonomía de la persona excluida, pero es entonces, que cobra todo su sentido “los setenta veces siete” y “el todo el tiempo del mundo” de Arrels.
En el fondo, de lo que hablaba Enrique no es más que del eterno dilema entre los derechos y los deberes: Todos contamos con unos derechos, pero también con unos deberes.
Con esa premisa tan sencilla avanzamos, sin más, en el camino de la acción social con las personas que en nuestro quehacer cotidiano vamos atendiendo.
- Puedes venir a comer a nuestro comedor…
- Te ofrecemos una cama y protección bajo techo…
- Que si ahora te tramito una renta mínima…
- Pero tu has de buscar trabajo…
- Tienes que dejar de beber,… que es malo para tu salud…
- Has de venir a las entrevistas pactadas…
- Tienes que…
Bien! Más o menos…
El quehacer que se desprende de las relaciones que mantenemos ha de permitir ese toma y daca sin el cual ninguno de nosotros podríamos crecer. Yo doy, pero también recibo! Tu recibes, pero tienes que dar!.
El niño también madura a base de pequeñas frustraciones que le empujan cada vez más a estar metido en el gran mundo. Si no haces los deberes no saldrás a jugar… Y al final, hace los deberes, con tal de jugar y con tal de seguir mereciendo ese cariño sin el cual no podría ir creciendo.
Y ahí, en ese dar y recibir, en esa paulatina adopción de compromisos y responsabilidades a cambio de merecer un lugar en el mundo es donde todos y cada uno de nosotros vamos creciendo hasta el final. Todos vamos haciéndonos mayores y cada uno en su camino.
Si. Ahí tiene sentido nuestro trabajo con las personas que atendemos. Las relaciones que mantenemos con los usuarios y usuarias de servicios, clientes, personas que aparecen,… y tantos otros nombres como queramos llamar a las personas que tenemos delante y que están inmersas en un proceso de exclusión.
¿Pero, que pasa con aquellas personas que parece que ya han decidido que no pueden ofrecer nada más de si mismas a cambio de continuar recibiendo servicios des de la atención social?
¿ Que ocurre con aquellos a los que la sociedad, y quizás hasta nosotros mismos, considera totalmente excluidos del sistema? Personas que pululan por la ciudad. Expulsados una y otra vez de todos los centros y servicios de atención social. Personas no aceptadas en ningún lugar: centros de día, comedores, pensiones, albergues,…
Parecen personas que ya no entran!
¿Podemos, desde nuestras limitaciones profesionales, dejar de pensar en situaciones y en personas alegando en que ya no podemos hacer nada más al respecto?
Desde el punto de vista de nuestros valores, moralmente, ¿ como acostumbramos a resolvernos este dilema?.
¿ Cuantas veces nos hemos parado a reflexionar cual es nuestra postura ante la situación de aquella persona sobre la cual el único planteamiento que se hace desde cualquier entidad es el de “no podemos hacer nada más por esta persona”?.
¿Cuantas veces nos hemos dicho que tenemos demasiado trabajo pendiente de hacer como para prestar atención a aquellas situaciones personales que, aunque pocas, son desbordantes por no saber ni lo que se puede hacer?
Algunos dirán que yo no puedo cambiar el mundo y que las cosas son así, concluyendo tranquilamente que no viene de un caso perdido.
Otros dejaran caer y caer la persona en el pozo de la exclusión mientras continúan agarrándose a la idea de que la persona tiene que dar pasos de cambio, sin los cuales no hay nada que hacer. Y se empecinan en pretender esa voluntad de cambio no existente a pesar que la situación de la persona va degradándose cada vez más. Es como un lavarse las manos. Si quiere, la persona ya sabe lo que tiene que hacer!.
Los más audaces esgrimen soluciones carcelarias, como mal menor, para aquellas personas que dentro de su exclusión han cometido delitos y faltas y se encuentran en un laberinto de causas judiciales tan largo como su vida misma. Es aquello de, al menos, ahí dentro tendrá techo y comida. La cárcel!! Hay quién propone la cárcel, en determinados casos, como única atención social posible!!!!
Me dijeron que los recursos de atención social son limitados y que, como que dentro del sistema tengo que contar tan solo con lo que tengo al alcance, no puedo hacer nada por cambiar la situación de esa persona. Más vale el carpetazo al expediente y ocupar el tiempo en tantas otras situaciones y casos en los que si parece que se puede obtener algún rendimiento.
En definitiva, el dilema queda planteado en si pensamos y actuamos convencidos de que las personas continúan teniendo derechos aun constatando que ya no cumplen ninguno de los deberes. En estos casos, ¿se siguen mereciendo los derechos, o ya no?
No lo sé.
Pero entonces me planteo quién soy yo mismo.
Yo no puedo cambiar el mundo!… se me ha dicho…
Pero veo que si lo comprendo. Si que intento empatizar con algunas personas incapaz de saber que pasos hubiera dado yo de encontrarme en su contexto vital. Me acerco y estoy… Me acerco y escucho… Comprendo y me apercibo de situaciones vitales muy diferentes: La mía y la de esta persona… Y con el paso del tiempo constato que esa sensación de vida diferente, se va transformando en sensación y en deseos de justicia social.
Quién soy yo?… Educatriz?… Asistente?…
Pues claro que puedo cambiar el mundo!! Es entender que el hecho de acompañar y atender las cosas pequeñas que rodean mi parcela de vida es la acción social que puedo y debo hacer. Y yo estoy aquí con mis valores, con mis respetos para las cosas y con mi persona. Porque si! Porque yo, con mi persona, también soy un recurso más para aquel que se acerca demandando unos servicios.
Hay quién al salir o entrar a casa para ir al trabajo se pone el disfraz de educador, como el que se pone el mono de mecánico al llegar al taller o como la doctora que cuelga la bata al abandonar la consulta.
Se deja caer la persona en su pozo de exclusión esperando a que ofrezca signos de cambiar antes de seguir prestando los servicios que nosotros mismos le hemos quitado por no cumplir con los pactos que, también nosotros mismos, nos hemos empeñado en establecer.
No entiendo!!
La cercanía del acompañar me impide argumentar que alguien pierde su derecho a vivir con dignidad. A vivir como persona!!
- Felipe tiene que dejar de beber. Y punto!
- Vamos a ver: Pero si lleva cuarenta años bebiendo!!
- Si, pero beber es malo. Punto!
- Y dale…
Estábamos Jose y yo, sentados, ahí abajo. Se quejaba de que está en la calle, siendo él uno de los más antiguos en nuestro centro, y que nosotros no hacemos nada por remediarlo. El quería contármelo. Lo habían echado de la pensión porque, al parecer, el portero de la pensión es la persona más peor de todo el mundo. Lo cierto es que Jose ya lo ha quemado todo: Ha quemado todas las pensiones y todos los albergues. Ha quemado centros y comedores sociales. Con sus 66 años ha quemado hasta su familia…
Jose insistía implacablemente en su inocencia. El no tenía la culpa…
- Que no, Jose…que yo no te hablo de culpables…
No sé por qué, Jose, no sé que tiene,… pero se hace profundamente entrañable estar a su lado.
- Jose,- le decía yo- el problema es la horchata que te metes en el cuerpo…
- Pero que horchata ni que hostias?, si a mi no me gusta la horchata!…- responde el, ronco de voz, perplejo y con los ojos aun embebidos por la horchata.
- Si hombre! Cuando bebes, vas que ni te aclaras. Hay quien tiene buena bebida, y hay quién no… ¿Cuantas veces has dejado de beber, Jose?.
- Muchas…!!
- ¿Lo ves?
Esa tarde rondaba también por ahí abajo Luis, que acaba de venir de recorrer media España, de albergue en albergue. Jose y Luis se conocen desde hace muchos años, de compartir las calles de Barcelona.
- Eh, tu! dame un cigarro… - le espeta Jose invitándolo a entrar en la charla.
Luis que se acerca, contento de estar en el centro, haciendo chasquear los dedos de las manos, como queriendo dejar claro que el es el más callejero de todos.
- Pero si estás fumando!- responde Luis.
- Dame un cigarro rubio, cabrón! - repite Jose mientras lanza al suelo, asqueado, el ducados que le acabo de ofrecer.
- No tengo más! - contesta Luis zanjando el asunto.
Pero Jose ya ríe. Jose, que acaba de perder todas sus pertenencias y posesiones privadas (ese medio ducados que le quedaba) vuelve a reir. Y con su risa nos contagia a Luis y a mi.
- Ya ves, Luis! Jose está en la calle…- le comento.
- Y yo que te crees?… - se devuelve Luis, casi divertido, para pasar a relatar a continuación el último farol, según el cual, en el cajero donde dormía en Murcia un hombre le lanzó al suelo un fajo con 140€.
Luis se ríe. Y Jose y yo también.
- ¿Cuanto tiempo hace que venís por Arrels, Luis? -le pregunto.
- Eh! que nosotros inauguramos esto!! -contesta Luis, ahora seriamente.
Si. Luis y Jose fueron de los primeros en acudir a nuestro centro. De eso ahora debe hacer quince o veinte años…
Cuando llegaron lo hicieron sin nada a cuestas. Dormían en la calle. Ahora continúan durmiendo en la calle, y lo único que tienen de más son veinte años.
Pero, como os aprecio!!, Jose, Luis!… como os aprecio!. Como valoro vuestro agarrarse a la vida!. Sobrevivientes!.
Se me empaña un nublo de tristeza… Jose ya contaba los pocos años que le debían quedar de vida.
Y yo? Que es lo que tengo que exigiros? Que es lo que os debo pedir a cambio de?…
Sabéis, Jose, Luis? Estoy aquí con vosotros. Compartiendo todo el tiempo del mundo que sea necesario. Y estoy aquí con vosotros comprendiendo que habéis venido a buscar aquello que es lo más importante.
Habéis venido a buscar ese aun esperado cariño del niño que, sin hacer los deberes, se ha quedado sin salir a jugar.
Habéis venido buscando eso mismo que yo he encontrado. El compartir con la relación. La sensación del estar con.
¿Como voy a pediros, exigiros, que mostréis voluntad de cambio para que podáis obtener techo y comida?
Al fin y al cabo, a medida que avanza el tiempo de la relación y la cercanía me apercibo que el techo y la comida es lo de menos.
Lo entiendo. Lo comprendo… Lo siento así!.
Ese pedir vuestro no puede formar parte del intercambio, del toma y daca interminable…
Yo ya no os voy a recordar más que no hicisteis los deberes en su momento. Y en esa profunda comprensión de vuestra situación soy yo el que me siento dignificado.
Claro que puedo cambiar el mundo! Comprendiéndolo ya lo estoy transformando.
No… Jose…, Luis!
Vosotros no os tenéis que ganar un lugar en el mundo a cambio de nada. Vuestra biografía es ya presente. Junto conmigo. Y no es ya que mis obligaciones sean de defender vuestros derechos o de exigiros contraprestaciones. Es, casi como dándole la vuelta a la situación, mi derecho a seguir sintiéndome cercano a vosotros. Mi derecho a comprender, crecer y madurar con vuestra situación dignificada en justicia. Mi derecho a cambiarme a mi mismo y, al mismo tiempo, transformar el mundo que me rodea. Como persona.
Miquel Julià
Noviembre ‘07
Arrels Fundació