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Los bocadillos que nos tiran una y otra vez

 

Uno de nuestros fundadores explica que, cierto día, estando repartiendo bocadillos en alguno de estos sitios en donde se forman colas para recoger un bocadillo, una de las personas se revolvió y le lanzó el bocadillo después de haberlo aceptado.

Ese bocadillo lanzado fue la chispa que empezó a hacer comprender que quizás eso no era lo que más necesitaba la persona. Ese fue el germen de percibir que lo que la persona buscaba y necesitaba, aunque sin saberlo, era algo más.

Nuestro fundador explica que ahí empezó a nacer la idea que hay que diferenciar entre urgente e importante: que hay acciones que pueden ser urgentes, necesidades que pueden ser acuciantes pero que, sin restarles voluntad de dar respuesta, hay “algo más”,  que es lo importante en las acciones que hacemos.

Esos son los bocadillos que nos siguen tirando interminablemente, tal y como lo relata, magistralmente Enrique Richard en su blog.

 

“¿Si no es el bocadillo, qué será lo que necesita?”

 

A mi me parece, Enrique, que, con el tiempo, hemos ido aprendiendo que esa pregunta no tiene fácil respuesta.

Y me atrevo a aventurar que lo importante está en no pretender nosotros mismos dar con una respuesta, en no pretender saber a toda costa lo que la otra persona necesita.

Si, en algunas ocasiones es fácil saber las necesidades del otro, hay una demanda de ayuda explícita. Pero otras veces lo único que observamos es que la persona no sabe lo que quiere. Y nos enfadamos y nos ofendemos porque rechazan una y otra vez la “ayuda” que estamos ofreciendo para paliar las necesidades que nosotros mismos hemos creido.

Es la experiencia de estar con el otro lo que, precisamente, nos permite acercarnos a la respuesta.

Es la sensación que, dando tiempo a la escucha y la comprensión, sin pretender que la persona haga lo que a nosotros nos parece que debe hacer, acompañando desde el estar activo con la persona, ésta puede llegar a cambiar, si quiere. Y si no quiere, nos vamos a quedar con la comprensión de todas sus dudas y incertidumbres. Porque son muchas las  veces en que la persona parece dar pasos hacia atrás, dándonos la sensación que lo que pasa es que no quiere cambiar su situación.

 

La respuesta a esa pregunta es, como mínimo, que podamos decir claramente que desconocemos la respuesta.

 

Yo experimento, mediante la relación, que no sé lo que la persona necesita y, al estilo de Sócrates, que solo sabía que no sabía nada, nosotros sabemos que lo que la persona necesita es “alguna cosa” que desconocemos.

Es sólo a partir de ahí que podemos comprender que se trata de “algo más” de lo que aparentemente estamos dando y que eso es lo que la persona siente como verdaderamente importante.

Es ese darse cuenta y comprender que sobre lo urgente en las necesidades ya estamos prestando atención, pero que no acabamos de llegar a lo que intuimos ser más importante.

No sé.

Es cierto que no sé nada.

Y no me importa estar al lado de la persona y transmitir que yo tampoco sé lo que hacer. Experimento que esa actitud es tranquilizadora para el otro. Si tu no sabes qué hacer, yo no te lo voy a decir, porque yo tampoco lo sé. Porque el otro si que puede percibir que sus dudas no son monstruosas sino que son dudas porque por eso somos personas.

Es ese sentir la vida del otro. Ese comprender su presente de vida rota y experienciar que la persona no sabe recomponer y que yo tampoco no sé recomponer.

 

¿Es mi función recomponer vidas rotas?

 

Tal y como denuncias en tu escrito, Enrique, me asalta permanentemente la duda de si es mi función dar soluciones.

Porque cuando damos soluciones, lo que esperamos impasiblemente es que la persona responda y actúe conforme hemos pretendido.

 

¿Cuántas veces hemos oído decir que nosotros ya hemos hecho todo lo posible y que si la persona no muestra voluntad de cambio nosotros no podemos seguir atendiéndola?

 

¿Cuántas veces hemos comprobado que en la acción social, ayudar condicionadamente deja de ser un instrumento motivador para el cambio para pasar a ser imposición de un comportamiento para la persona a cambio de seguir mereciendo la ayuda prestada?

 

Sin darnos cuenta, metidos en la relación con el otro, hemos convertido ese derecho que tenía la persona en un deber obligado si es que quiere continuar recibiendo nuestra “ayuda”.

Me permito recuperar un escrito colgado en este blog hace ya algún tiempo: “Acción Social Transformadora?”.

 

Ayer me encontré a Ángel por la calle. Creo que se trata del mismo Ángel del cual hablas en tu escrito, Enrique. El que abandonó la pensión después de haber tenido todas las comodidades.

 

¿ Y como es, Ángel, que rechazas la ayuda que te estamos ofreciendo?

 

Pero que pánico que me produce este pensamiento que me lo encuentro a cada vuelta de esquina!!!!!

 

Me decía Ángel que ni el mismo sabía lo que quería. Que llevaba muchos años en la calle y que no podía controlar la llamada de volver a ella. Buscarse la vida por si mismo…

Pero también me decía Ángel que cuando lleva mucho tiempo en la calle se da cuenta que no es capaz de tirar adelante. Y que es entonces cuando vuelve a desear estar en algún sitio en donde tener las necesidades cubiertas.

 

“- Yo me doy cuenta que esta forma de hacer no es normal. Que no me aclaro. Algún día tendré que sentar la cabeza…”

“- No sé…-, le decía yo, no pasa nada. Solo que sepas que estamos ahí, para cuando tu vuelvas a decidirte. Una y otra vez…”

 

Eso que te pasa a ti, esa indecisión, te pasa por ser persona. De eso me doy cuenta. Por que no eres el único que lo has experimentado.

Y no voy a ser yo quien te indique lo que debes hacer. Eso, en todo caso, habrás de descubrirlo tu.

O no!.

Pero tómate tiempo, Ángel. Tienes todo el tiempo del mundo para descubrir lo que necesitas y, si no consigues saberlo, al menos que sepas que continuaremos estando a tu lado.

6 comments 4 Noviembre 2008


Miquel Julià & Anna Skoumal

Soy Miquel. Dicen que soy educador, pero en realidad soy persona. Mi quehacer discurre entre otras personas, en la calle, en hospitales,... Personas que se han visto arrojadas a vivir una situación de sin hogar. Em dic Anna. Sóc treballadora social i juntament amb en Miquel formem part de la gran família d'Arrels. Acompanyem i oferim espais on la persona pugui trobar el somriure que el dignifica i la mirada que el fa sentir persona.

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